Carta a mi niƱa interior: Un paso a paso para un ejercicio transformador
- Juliana PƩrez LondoƱo
- 1 jun 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 26 dic 2025
Lo escucho todo el tiempo en mis pacientes: "Mi papĆ” trabajaba muchĆsimo", "mi mamĆ” no estaba tanto en casa", "perdimos a mi papĆ” cuando yo era pequeƱa" o "no tengo muchos recuerdos de mis papĆ”s". Esto es normal. TambiĆ©n escucho mucho una historia que se narra distinto: "Mi infancia fue maravillosa", "amo a mis papĆ”s, no tengo ninguna queja de ellos" o "no puedo quejarme de nada de mi infancia". Sin embargo, cuando empezamos a indagar un poco mĆ”s profundo, aparecen dinĆ”micas y situaciones que levantan algunas dudas. QuizĆ” tus papĆ”s estuvieron muy presentes en casa, pero no indagaban por tu estado emocional. QuizĆ” tu papĆ” te contempló y te dio gusto en todo, pero no escuchaba cómo te sentĆas. QuizĆ” tuviste una madre maravillosa, pero que te exigĆa bastante. Todo esto, sea cual sea tu versión de la historia, es algo que incluso hablado en un espacio terapĆ©utico, cuesta nombrar y reconocer. Nos sentimos culpables. No queremos quejarnos de nuestros padres. Los queremos, los adoramos y tenemos relaciones positivas con ellos, por lo que admitir que nos hicieron daƱo se puede sentir como un acto de traición profunda. Esto es normal. No es traición.
Siempre le digo a mis pacientes en consulta: aquĆ ni buscamos culpar a tus padres. AquĆ, en este espacio, no hablamos de "buenas" ni ""malas" personas (ni papĆ”s). Hablamos de seres humanos que tenĆan una serie de herramientas para criarte e hicieron lo mejor que podĆan con eso que tenĆan. Nada mĆ”s. Admitir que algunas de tus necesidades emocionales no fueron satisfechas y que hubo momentos de tu infancia donde te sentiste profundamente solo no te hace mal hijo/hija. Te hace un ser humano valiente, capaz de reconocerse y decir: aquĆ estĆ” mi trabajo.
La ausencia y el abandono no son fenómenos que se dan solamente de forma fĆsica. Un padre ausente tambiĆ©n es el que estĆ”, pero no escucha. Una madre que nos abandona tambiĆ©n es la que prioriza el bienestar de todo el mundo por encima del nuestro. Es importante reconocerlo para entender de dónde puede venir nuestro patrón relacional: Como adultos, somos capaces de racionalizar y comprender que nuestros padres no querĆan lastimarnos, pero los niƱos no incorporan lógica y razón. Los niƱos incorporan experiencias emocionales: un sentir. Si, como niƱo, sentiste soledad, abandono, insuficiencia o inseguridad, es posible que hayas tomado esa experiencia emocional como una seƱal de que no eres suficiente. De que hay algo en ti que no merece amor, atención o cuidado. Lo que aprendiste (lo que sentiste) como niƱo se incorpora como una creencia y te acompaƱa el resto de tu vida.
Y cuando un niƱo vive ese sentir de manera repetida ācuando llora y no es consolado, cuando busca cercanĆa y recibe distancia, cuando intenta āhacerlo bienā y aun asĆ no es vistoā su sistema emocional empieza a organizarse alrededor de la incertidumbre. El vĆnculo deja de sentirse seguro y se vuelve algo que hay que vigilar, sostener y perseguir. AsĆ se va configurando el apego ansioso: una forma de relacionarse en la que el amor se experimenta como algo frĆ”gil, inestable, que puede perderse en cualquier momento. El niƱo aprende, no con palabras sino con el cuerpo, que para no ser abandonado tiene que esforzarse mĆ”s, adaptarse mĆ”s, estar mĆ”s atento al otro.
Y con el tiempo, esa lógica se traslada a la adultez, donde la presencia o ausencia del otro empieza a sentirse como una medida del propio valor.
Hoy quiero ofrecerte una prĆ”ctica muy especial que comparto con muchos de mis pacientes que estĆ”n trabajando en sanar su autoestima, sus vĆnculos de pareja y la manera en que buscan amor āa veces desde la necesidad, desde el miedo, desde el esfuerzo excesivo en mi programa Sanar y Sentirte.
SĆ© que, en muchos casos, tus padres hicieron lo mejor que pudieron con los recursos emocionales que tenĆan. Reconocer eso no invalida el impacto que sus ausencias, silencios o reacciones tuvieron en tu mundo interno. Porque la infancia no procesa desde la lógica, sino desde el sentir. Y lo que se siente de forma repetida se graba. La mente infantil toma las respuestas del entorno como verdades absolutas sobre sĆ misma: si no me miran, es porque no soy valiosa; si se enojan cuando lloro, es porque molesto; si no vienen, es porque no soy suficiente para que me elijan. Esas primeras conclusiones, que no fueron pensadas sino sentidas, suelen reactivarse mĆ”s adelante en los vĆnculos adultos: cuando un mensaje no llega, cuando percibes distancia, cuando das mĆ”s de lo que recibes para no ser abandonada. Por eso, con todo esto en mente, quiero invitarte a un ejercicio sencillo pero profundo, orientado a empezar a reparar esas huellas de abandono emocional y a redefinir la manera en la que te ves y te tratas a ti misma. Y si ya me conoces o estĆ”s trabajando conmigo en Sanar y Sentirte, sabes que siempre recomiendo hacer estos ejercicios a mano, con papel y bolĆgrafo. Hay algo profundamente terapĆ©utico en escribir despacio, en crear un espacio solo para ti. Si puedes, elige un cuaderno bonito que acompaƱe tu proceso interior.
EL EJERCICIO
Antes de ir a lo mĆ”s doloroso, empieza por lo sencillo. Recuerda detalles cotidianos de tu infancia: quĆ© te gustaba comer al volver del colegio, quĆ© programa veĆas en televisión, a quĆ© jugabas, cómo eran tus tardes. No fuerces nada. Este primer paso ayuda a acercarte a esa niƱa sin invadirla, a reducir la distancia y a crear un espacio interno seguro.
Luego, elige un recuerdo de tu infancia en el que te hayas sentido sola, no vista, ignorada o insuficiente. Puede ser una escena puntual o una sensación que se repitió muchas veces. Cierra los ojos unos minutos, respira profundo y conéctate con tu yo adulta de hoy: la mujer que ahora tiene mÔs conciencia, mÔs recursos y mayor capacidad de sostener.
Imagina que esa adulta se acerca con suavidad a la niƱa que fuiste en ese momento de vulnerabilidad. No viene a corregirla ni a explicarle nada, sino a escucharla. SiĆ©ntate a su lado, mĆrala, acĆ©rcate con ternura y abre un espacio seguro para que por fin pueda expresarse.
Desde ahĆ, escribe. No como quien redacta una carta que se termina, sino como quien inicia un diĆ”logo vivo y continuo. HĆ”blale y luego permĆtele responder. Deja que diga cómo se sintió, quĆ© necesitó, quĆ© dolió. Puedes contarle quiĆ©n eres hoy, cómo ha sido tu vida, y tambiĆ©n preguntarle cómo estĆ”, quĆ© siente, quĆ© necesita decir. Este ejercicio no busca cerrar rĆ”pidamente una herida, sino abrir una puerta que quizĆ” estuvo cerrada por mucho tiempo.
HĆ”blale con la ternura y la firmeza de una presencia amorosa real. RecuĆ©rdale que no fue su culpa, que su llanto tenĆa sentido, que no era demasiado ni insuficiente, que las ausencias de los adultos hablaban de sus propias limitaciones y no de su valor. SostĆ©n su tristeza, su rabia y su miedo sin apurarlos ni minimizarlos. Dile todo lo que quizĆ” necesitó escuchar de alguien en su infancia y nadie le dijo. Dile eso que necesitabas tan intensamente.
Lo mÔs importante es permitirte sentir. Este no es un ejercicio para entender desde la mente, sino para encontrarte emocionalmente con esa niña, honrar lo que vivió y quedarte ahà con ella. Este diÔlogo puede retomarse cada vez que lo necesites. No se trata de terminarlo, sino de construir, poco a poco, una presencia interna que escucha, acompaña y no se va.
Este ejercicio es profundamente transformador porque permite reescribir, desde el presente, las narrativas emocionales que quedaron grabadas en la infancia. Al conectar con la niƱa interior desde un lugar de compasión y seguridad, interrumpimos el patrón automĆ”tico de culpa, miedo o autosabotaje que suele acompaƱar al apego ansioso. Desde la psicologĆa, se ha comprobado que las prĆ”cticas de reparentingĀ (re-maternarse a una misma) y la escritura expresiva ayudan a procesar emociones reprimidas, reducir la ansiedad, fortalecer la autoestima y generar nuevas conexiones neuronales que promueven una autopercepción mĆ”s segura y amorosa. En pocas palabras, cuando hoy te ofreces el cuidado que no tuviste, tu sistema emocional aprende que ya no estĆ”s sola, y que ya no necesitas esforzarte por ser suficiente para ser amada.

